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Para desmontar nuestra masculinidad tóxica

Masculinidad
Tiempo de lectura: 2 MIN.

Dibujemos esta escena: un grupo de amigos se divierte en un antro del Centro Histórico de la CDMX. Beben, bailan y echan cotorreo. En cierto momento, al escuchar una de sus cumbias favoritas, uno de ellos saca a bailar a otro. Dos hombres entran a la pista de baile. Nada fuera de lo normal, salvo para el resto de las parejas heterosexuales que bailan.

Las miradas se centran en ellos y los cuchicheos producen un ambiente hostil. Estos actos discriminatorios los obligan a desarrollar mecanismos de defensa. Salen de la pista y se van: para ellos la fiesta se acabó.

Ese algo llamado masculinidad tóxica

Esto le sucedió a mis amigos hace unas semanas, y no es la primera; una y otra vez han sido juzgados, confrontados y agredidos por hombres (y mujeres, en menor medida) que los deshumanizan, que los ven como si les faltara algo para ser reconocidos como hombres. Dentro del sistema patriarcal, ese algo es la masculinidad.

O, por lo menos, esa masculinidad asociada a la hombría, la virilidad y el ser competitivo. Que educa a los hombres desde niños para no mostrar vulnerabilidad, para sacar el dolor y la frustración a punta de madrazos, y los obliga a compararse con otros hombres por medio de unos “indicadores” que ni el INEGI usa: su modelo de auto, la cantidad de sexo que han tenido… y el que no puede faltar: el tamaño de su pene.

Foto: Pinterest

En palabras del sociólogo chileno Claudio Duarte, los hombres “no nacemos machistas, aprendemos a reproducir el patriarcado a través del sexismo, la homofobia, el falocentrismo, la heteronormatividad”.

Por ende, si la masculinidad es una serie de actos y conductas que nos enseñaron y repetimos de por vida, entonces es posible deconstruirla, “lo que implica necesariamente una lucha política” de todos nosotros.

No es tarea fácil, ya que lo que más caracteriza a la masculinidad tóxica es su rechazo a la feminidad, bajo el argumento de “lo natural”. Así, los hombres aprendemos a despreciar aquellos roles que socialmente les atribuimos a las mujeres (ser débiles, emocionales, serviciales, vanidosas y cariñosas), porque los hombres no tiene esa naturaleza.

Duarte explica que tanto hombres como mujeres normalizan en la infancia esta idea de lo natural, mediante un proceso de eterna negación. Desde que nacen las niñas y los niños están expuestos a mensajes, imágenes y símbolos acerca lo que significa ser un hombre y una mujer en un sistema patriarcal, de modo que ambos terminan ocultando y desdeñando todas aquellas actitudes que no corresponden al rol género que les fue asignado, limitando el desarrollo de su personalidad y segregando a aquellos que no lo cumplen.

Tan tóxico como un isótopo de uranio

Esa masculinidad mata mujeres, los siete feminicidios que ocurren cada día en el país lo prueban. Pero Kali Holloway, editora de Alternet, explica que también afecta a los hombres. Para la comunicadora, el número de víctimas “atribuibles a la masculinidad versa en torno a sus manifestaciones más específicas: alcoholismo, adicción al trabajo y violencia”, lo que despierta en ellos trauma, disociación y depresión, problemas que se agravan si se cruzan con raza, clase, orientación sexual y otros factores opresivos.

Basta con revisar algunas cifras para entender que este tipo de masculinidad es tóxica. De acuerdo con la INEGI, la tasa de suicidio en hombres fue cuatro veces mayor a la de mujeres en 2015; asimismo, de los 23 mil 953 homicidios registrados el año pasado, 21 mil 159 casos fueron hombres, y en más del 80 por ciento de los casos los agresores fueron otros hombres.

Foto de Upsocl

A su vez, el Instituto Mexicano del Seguro Social calcula que alrededor del 7 por ciento de los hombres en el país padece depresión, pero se resiste a ir a terapia por vergüenza, presión social o temor a perder respeto.

Machos en rehabilitación aconseja a los hombres autoevaluarse críticamente y hacer acciones para combatir su machismo, como la de no compartir imágenes privadas de sus ex parejas sin su consentimiento, no reírse de chistes que hagan apología de la violación, ni revictimizar a las mujeres que denuncian abuso sexual.

Si somos hombres realmente preocupados por las violencias que vivimos, antes de reprochar a las feministas primero deberíamos preguntarnos de qué forma podemos contribuir y cuáles son las coyunturas de incidencia que le dan espacio a estos temas desde los propios movimientos feministas. Y si no las hay, tenemos que organizarnos, autocriticarnos y actuar para desmontar nuestra masculinidad tóxica.

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